Tuesday, May 30, 2006

El futuro de Chile.



Por Marcelo Ibáñez, Editor Zona.cl

Hace dos semanas todos eran bandidos. Las piedras estuvieron a punto de no dejar ver los argumentos, como tantas otras veces. Las imágenes de las marchas del diez de mayo mostraban encapuchados, piedrazos, pequeños incendios, destrucción, y escolares corriendo como a la salida del recreo, por las calles de varias ciudades de todo Chile. De los miles de escolares que levantaron sus manos frente a la policía en son de paz, de algunos excesos de la fuerza pública, de la primera protesta pacífica y autorizada (4 de mayo), o de las múltiples reuniones que tuvieron con el Seremi de educación Alejandro Traverso, desde abril de 2005, se supo poco y nada. Tuvieron que aparecer los destrozos para que el Gobierno (ese mismo día el Ministro de Educación prometió la gratuidad de la P.S.U para los estudiantes más pobres), los medios y la sociedad, reaccionaran. ¿Y cómo lo hicieron? Los trataron como niños en medio de una rabieta, de criminales, los acusaron de estar instrumentalizados por profes comunachos y partidos políticos; niños manipulados sin la capacidad de decidir por sí mismos. Chicos sin “discernimiento”, y eso, que ya existe una ley donde se establece que los mayores de 14 años que cometan delitos, serán juzgados como adultos. Porque claro, a esa edad ya pueden decidir por sí mismos. Son responsables de sus actos ante la ley. Les dijeron que no estaban claras sus peticiones, que no sabían hablar, que no se les entendía, que no sabían organizarse (En la suspendida reunión de hoy, los escolares llegaron al Ministerio con 160 voceros. El Gobierno dejó entrar a doce, porque obvio, no se puede negociar con 160 representantes. César Valenzuela, uno de los dirigentes estudiantiles, declaró en TVN que el Gobierno hizo un llamado a que asistieran los representantes de todos los liceos que quisieran ir. Que ellos advirtieron del problema, pero que en el Ministerio les aseguraron que tenían todo controlado). ¿Quién es el desorganizado?

Y justamente los secundarios estaban pidiendo eso a gritos: edúquennos de verdad, sin importar nuestra situación socioeconómica (inolvidables los carteles con irónicas faltas de ortografía colgando de los frontis de los liceos). Incluso, desde antes de la primera marcha pacífica, dentro de las peticiones estaba realizar talleres sindicales en los colegios, para aprender a organizarse y defender sus derechos. De eso se trata la sociedad democrática, ¿o no? ¿A eso se habrá referido la silenciosa Presidenta Bachelet, cuando prometía que su gobierno tendría diálogos ciudadanos? Y todo pudo haber quedado sepultado bajo las piedras, sino fuera porque los estudiantes decidieron dejar de salir a las calles (con marchas no autorizadas, y que siempre corrían el riesgo de terminar en destrozos) y tomarse los colegios. Magistral decisión política. Muchos comenzaron a asear sus colegios, a pintarlos, a organizarse sin dejar entrar alcohol ni a nadie que no fuera estudiante secundario. Se sumaron liceos históricos, ese puñado de colegios fiscales que aseguran buena enseñanza, e incluso, lograron el apoyo de un colegio particular (el Altamira, se espera que estos aumenten), de los apoderados, profesores y la mayoría de los ciudadanos. La sociedad civil y todo el espectro político, poco a poco fueron validándolos. Incluso la Asociación Chilena de Municipalidades (AChM) decidió transversalmente, respetar la decisión de los liceos tomados, como declaró el sábado en TVN el alcalde UDI Pablo Zalaquett, Presidente de la Comisión de Educación de la AChM.Finalmente todos, izquierda, Concertación y derecha, ya hablan (unos más tímidamente que otros) del fracaso de la LOCE (Ley Orgánica constitucional de Educación) y su necesidad de ser cambiada. Porque todos sabían que a pesar de los avances en su cobertura, la educación pública chilena es pésima en términos de calidad: ahí están los resultados del SIMCE, la PSU y la prueba internacional TIMMS, que nos equipara a Palestina y Filipinas, para comprobarlo. Todos lo sabían, sólo faltaba que alguien le pusiera el cascabel al gato. Y eso hicieron los secundarios.Yo viví al menos dos de las caras del sistema educacional chileno actual. Estudié casi toda la básica en colegios con nombres de avión, tipo F-16, hasta que en sexto mi profe jefe le dijo a mi vieja que me cambiara como fuera. Que el ambiente era muy malo, y que ahí no iba a poder aprender lo necesario para llegar a la Universidad.

Terminé en un colegio particular subvencionado, uno que sacó el primer lugar en esa categoría, en el ranking de Revista El Sábado. Uno con una maravillosa biblioteca del porte de mis dos colegios anteriores (donde tenían menos libros que en el sketch de Aplapac en el programa Plan Z). Lo hice gracias a al esfuerzo y decisión de mis viejos, la media beca que me dieron los curas marianistas de mi colegio, y mis notas. Yo también tuve que cruzar todo Santiago, tomar cuatro micros al día, colgar muchas veces de ellas y rogarle a los choferes para que pararan. También tuve que ver como mis amigos de barrio (varios de ellos con la inteligencia suficiente), se perdían en la mala educación de los colegios fiscales, donde muchas veces (según mi experiencia), te enseñan a memorizar fechas, fórmulas y a obedecer ciegamente. En mi colegio, me enseñaron que la verdadera educación es entregar las herramientas necesarias para descifrar el mundo, y poder así, tomar las decisiones correctas. Mis amigos odiaban ir al liceo, a mí me encantaba ir al mío, simplemente porque a pesar del uniforme, estaba creciendo como persona.Yo también crecí como la esperanza familiar de ser el primer hijo universitario, por una parte, y con esa desesperanza tan propia de la periferia de que a pesar de las notas, no iba a encontrar pega. Porque Chile es un país de pitutos: un estudio de Seminarium Head Hunting publicado el 2003, demuestra que sólo un 18% de las personas educadas en liceos fiscales ocuparán posiciones relevantes en las empresas. La baja movilidad social queda en evidencia en el estudio “Clasismo, discriminación y meritocracia en el mercado laboral: el Caso de Chile”, de los economistas de la U. de Chile Javier Núñez y Roberto Gutiérrez. Ahí se demuestra que en Chile, de dos egresados de la misma carrera, de la misma universidad y con igual rendimiento académico, pero uno proveniente de un colegio particular y el otro de uno fiscal, recibirá mejor sueldo aquel que estudió en colegio privadoPero aunque sea baja, la meritocracia existe y uno la puede encontrar. Aún así, tengo clarísimo que tuve suerte. Mucha. Por eso la actual protesta secundaria me produce vergüenza y admiración. Vergüenza, porque mi generación no fue capaz de hacer nada al respecto. Porque crecimos con terror a la autoridad, sin ganas de participar políticamente, y eso no se quita de un día para otro. Pero el “no estoy ni ahí” tampoco fue tan así. A principios de los 90s todo olía sospechosamente a desorden: el vestirte como quisieras, hacer recitales, tocar tambores en la plaza, organizar festivales callejeros o decir lo que pensabas, aún era reprimido. Desde el ámbito cultural mi generación se sacó poco a poco el uniforme: logró ampliar las miradas, los discursos, los puntos de vista, los productos culturales, la memoria (como por ejemplo, el caso del documental “Actores Secundarios”, que de seguro más de alguno de los secundarios actuales han visto). Eso a la larga, ayudó a que los actuales escolares se nutrieran, y aprendieran a reclamar con la inteligencia que lo han hecho hasta hora. Eso, y la tecnología interactiva con la que crecieron, entre otras cosas tan fundamentales como haber nacido en democracia.

Los escolares no están haciendo más que cobrar las promesas oídas todos estos años: la de un país justo para todos, donde lo que se premie sean los esfuerzos propios, y el origen social no sea una condena eterna. Porque le están pidiendo al país algo muy básico: que los eduquen de verdad, con calidad, a todos. Porque así el país crece. Porque personalmente me parece que con los excedentes del cobre, resulta mucho más importante mejorar la calidad de la educación (y la investigación científica), que comprar satélites o darle ayuda humanitaria a países con más problemas que el nuestro. Y no es por egoísta, es simplemente porque eso lo podremos hacer cuando por fin, logremos ser un país desarrollado. Y un país se desarrolla con educación, ideas y tecnología. Porque algún día se nos va acabar el cobre. Porque la inteligencia, se sabe, no es monopolio de un nivel socioeconómico, sino una cualidad transversal que se cultiva desde la infancia con los estímulos adecuados.La posibilidad de mejorar la educación chilena está ahí. Y está gracias a los estudiantes secundarios actuales, que (supongo) saben que de lograr cambios profundos en la calidad de la educación, difícilmente logrará aplicarse a ellos. Es decir, lo están haciendo por el futuro. Por el futuro de Chile y no por la lucha de intereses egoístas a las que nos hemos acostumbrado.Políticos de todos los espectros parecen estar de acuerdo con su diagnóstico. Ojala que todos (Escolares, Gobierno, Parlamento, espectro político, el país completo), estemos a la altura del desafío.

1 Comments:

At 8:43 PM, Anonymous jose h. r. said...

Interesante, no el artículo, pues no dices nada nuevo, nada que no se haya dicho ya o que no piense la gran mayoria de la gente.
Lo que encuentro realmente interesante es el hecho de que siendo este un artículo que análisa un problema que a todos afecta de una u otra forma y que esta en la discusión pública hoy , como tema de actualidad, nadie comente respecto de la nota, lo que me hace pensar en algo mucho peor aún, nadie se detuvo a leer la nota.

 

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